Capítulo 1
Un hombre cualquiera
El sueño era siempre el mismo.
Un niño en la oscuridad, la cara hundida en la almohada, susurrando una palabra una y otra vez como quien reza para no olvidar. Una verja de hierro negro entre la niebla. Un reloj de hombre, demasiado grande para la muñeca pequeña que lo llevaba. Y la palabra, siempre la palabra, dicha tan bajo que Reid nunca conseguía oírla del todo antes de despertar.
Esa mañana despertó como despertaba siempre: sin sobresalto, con los ojos abiertos de golpe y el cuerpo quieto, escuchando la casa antes de moverse. Era una costumbre vieja, más antigua que ninguna de las que recordaba haber aprendido. Primero escuchar. Después, si todo estaba en su sitio, vivir.
La casa estaba en su sitio.
Por la ventana entreabierta entraba el ruido de Lisboa despertándose: un tranvía chirriando cuesta arriba, las gaviotas, alguien fregando un patio dos pisos más abajo. La luz del Atlántico, esa luz blanca y limpia que no se parece a ninguna otra, caía sobre las baldosas del suelo.
Reid llevaba siete meses en aquel piso de la Graça, el tiempo más largo que había pasado en un mismo sitio en una década, y había llegado a él como llegan los de su oficio a todas partes: por un código. Cuando a uno de los suyos le toca desaparecer de verdad, no le dan una dirección, ni un billete, ni una mano que estrechar. Le dan ocho caracteres para la terminal, y se acabó. El suyo había sido K3AT9WH5: lo tecleó una noche en un cuartucho de paso y la pantalla, sin una palabra de sobra, se lo cambió por esto. Lisboa. La Graça. Un piso franco que no figuraba a nombre de nadie, pequeño, alquilado en metálico a una viuda que no hacía preguntas, con el río al fondo desde la cocina. No había fotografías en las paredes. No había cartas en un cajón, ni nombres apuntados en una agenda, ni nada que dijese quién dormía allí. En la mesilla, un pasaporte canadiense a nombre de un tal Thomas Vance, un hombre que no existía. En el armario, detrás de un panel suelto que él mismo había aflojado la primera noche, otros tres, cada uno con su nombre, su cara y su vida de mentira. Había semanas en que contestaba a tres nombres distintos en tres ciudades distintas, y alguna noche, al apagar la luz, tenía que pararse un segundo a recordar cuál de todos era el suyo de verdad: Daniel Reid. Y se lo repetía en voz baja, como quien comprueba que aún lleva las llaves encima, antes de dormir.
Se levantó y se vistió en la penumbra: pantalón corto, una camiseta gris lavada mil veces, las zapatillas junto a la puerta. Salió a correr cuando el cielo todavía tenía el color del acero, antes de que la ciudad despertara del todo.
Bajó la Graça a saltos, por escaleras empinadas y calles de adoquín que el rocío volvía resbaladizo, hasta el río. Allí el aire olía a sal y a sardina, y la luz empezaba a despegarse del agua. Corría como corría siempre: largo, regular, sin esfuerzo aparente, comiéndose los kilómetros con una zancada que delataba el metro ochenta y nueve y los años de cuidar el cuerpo como otros cuidan un arma —limpio, engrasado, listo—. No corría por salud. Corría porque un cuerpo que deja de doler es un cuerpo en el que se puede confiar, y porque las horas anteriores al amanecer eran las únicas en que la cabeza se le quedaba en silencio, sin la palabra del sueño rondándole por dentro. La gente que se cruzaba con él a esa hora veía pasar a un hombre grande y callado que respiraba por la nariz y no sudaba hasta el final, y apartaba un poco la vista sin saber muy bien por qué.
Subió de vuelta sin aflojar en la última cuesta —la prueba que se ponía cada mañana— y entró en casa con la respiración apenas alterada y la camiseta pegada a la espalda. Hizo café en un cazo, como le habían enseñado en un país que ya no recordaba, y se lo bebió de pie junto a la ventana, observando la calle sin parecer que la observaba. Una mujer tendía la ropa. Un cartero apoyaba la bicicleta. Un coche aparcado desde anteanoche seguía vacío. Todo normal. Reid catalogaba la normalidad sin querer, igual que otros respiran.
La edad empezaba a pesarle de un modo nuevo: no en el cuerpo —el cuerpo seguía respondiendo— sino más adentro, en un sitio que no sabía nombrar. El pasaporte que más usaba le echaba unos años de más, y a él le daba igual: unos años de más eran unos años de distancia entre él y el hombre que de verdad era. Su vida tenía un principio nítido —un hombre que lo recogió a los dieciocho y le enseñó a desaparecer— y, antes de eso, una niebla. Una infancia que se le había desdibujado como una fotografía dejada al sol. Un internado en algún lugar frío, al que lo llevaron de niño sin una sola explicación y donde alguien —un benefactor que nunca tuvo cara ni nombre— lo pagó todo durante años a través de un bufete de Ginebra —en cada recibo, la misma referencia muerta: RSUWSSR7—: la matrícula, los libros, hasta unas clases de esgrima que él jamás había pedido. De pequeño, cuando preguntaba quién pagaba, los profesores cambiaban de tema. Cuando preguntaba por sus padres, le decían que descansara. Aprendió pronto a no preguntar; era más fácil para todos. Y el sueño, siempre el sueño, con su palabra que no llegaba a oír.
Había aprendido a no rascar ahí. Lo que no se recuerda no duele, se decía. Casi se lo creía.
Y, sin embargo, había una cosa de sí mismo que no había dejado que nadie le borrara nunca. Años atrás, en una de aquellas ciudades que ya no sabía distinguir unas de otras, le había oído a un chaval —uno de esos críos que viajan con todo lo que tienen a la espalda y no le temen a nada porque todavía no han visto nada— soltar una frase que se le quedó clavada y que desde entonces se repetía por dentro, como un ensalmo, las noches en que la niebla amenazaba con tragárselo:
«¿Qué me importa dónde estoy, a dónde voy y qué carajo voy a hacer? Mientras me tenga a mí, todo va a estar bien. Y no hablo de tenerme físicamente, hablo de tener mi esencia, mi humor y mis búsquedas, porque el día que deje de buscar estaré muerto.»
El chaval no tenía ni idea de en qué clase de mundo le tocaría a otro cumplir aquella promesa. Reid sí. Le habían quitado casi todo lo que un hombre usa para saber quién es. Pero no la esencia. No el humor seco que gastaba como escudo. Y no la costumbre terca de seguir buscando algo, lo que fuera, siempre: buscaba en su trabajo, buscaba en cada cara, buscaba hasta dormido. En todo menos en sí mismo, que era lo único que llevaba media vida sin atreverse a rascar. El día que dejara de buscar, el chaval tendría razón y él estaría muerto.
Bajó a la calle a media mañana. En la tasca de la esquina, el viejo Joaquim ya le tenía puesto el segundo café sin que lo pidiera.
—Bom dia, señor Costa —dijo Joaquim, que lo conocía por uno de sus muchos nombres y lo creía un traductor jubilado.
—Bom dia.
Reid se sentó junto a la ventana, de espaldas a la pared, con la salida a la vista. Lo hacía sin pensarlo, como otros cruzan las piernas. Leyó el periódico. Escuchó a dos pescadores discutir sobre fútbol. Durante una hora fue, simplemente, un hombre cualquiera en un café cualquiera, y eso —aunque jamás se lo habría confesado a nadie— era lo más cerca que estaba de la felicidad.
Porque Reid quería salir.
No del todo, quizá; un hombre como él no sabía hacer otra cosa. Tenía una sola regla, la única en la que había creído de verdad: nunca trabajaba para nadie que no fuera un gobierno. Ni cárteles, ni oligarcas, ni hombres con yates y rencores privados. Solo Estados. Era lo último que le quedaba de cuando había sido un soldado de verdad: un soldado, aunque ya no tuviera ejército ni bandera en la que creer, no se vende al primer rico con una cuenta pendiente. Le gustaba pensar que eso lo mantenía limpio, o todo lo limpio que podía estar alguien como él. Y, desde hacía un año, ni siquiera eso: los últimos dos encargos —dos gobiernos, dos cifras absurdas— los había rechazado sin pensarlo. El dinero ya no le decía nada. Había hecho cosas en sitios sin nombre que ningún ser humano debería cargar, y empezaba a notar el peso, esa fatiga que no se quita durmiendo. Y luego estaba lo último —el trabajo del que no hablaba, ni siquiera consigo mismo—, lo que de verdad lo había empujado a esconderse allí, entre tranvías, a fingir que era el señor Costa. Soñaba con envejecer en aquel piso de la Graça, viendo pasar los tranvías, hasta que la palabra del sueño se apagara para siempre y lo dejara en paz.
Era un sueño tan ingenuo que casi le daba vergüenza.
Volvió a casa al caer la tarde. Subió los cuatro pisos sin encender la luz de la escalera —la oscuridad no le molestaba, nunca le había molestado— y, al llegar a su rellano, se detuvo.
La puerta estaba cerrada. La cinta casi invisible que pegaba cada mañana entre la hoja y el marco seguía intacta.
Pero el aire olía distinto.
Olía, muy levemente, a tabaco de pipa. A un tabaco caro, holandés, que en el mundo entero fumaba una sola persona.
Reid se quedó muy quieto en la oscuridad del rellano, con la mano a medio camino del bolsillo.
Que lo hubieran encontrado no era lo que lo tenía quieto. A un hombre siempre se le puede encontrar, si alguien está dispuesto a gastarse lo que cuesta; y Lamar, además, encontraba a cualquiera: era la mitad de su oficio. Lo que le heló algo por dentro no fue que Lamar lo hubiera encontrado. Fue que hubiera ido a buscarlo. En persona.
Porque el viejo no se movía por nada. Y si había cruzado medio mundo para sentarse a esperarlo en su propio salón, solo podía significar una cosa: que esta vez necesitaba a Reid. Que en algún sitio había un problema de los que ya no se arreglan con dinero ni con ejércitos, sino llamando al hombre al que se llama cuando ya no queda nadie.
Capítulo 2
Lamar
Reid abrió la puerta y encendió la luz.
El hombre estaba sentado en la única butaca buena del salón, con las piernas cruzadas y la pipa apagada entre los dedos, como si llevara allí toda la tarde y el piso fuera suyo. Era mayor —setenta años, quizá más—, delgado, con un traje gris impecable y unos ojos azul pálido que no se habían sorprendido de nada en mucho tiempo. Sobre las rodillas, una carpeta de cuero.
—Has cambiado la cerradura —dijo Lamar, en español, con ese acento de ninguna parte que tenía—. La vieja era mejor. Esta la he abierto en cuarenta segundos.
—La próxima vez llama.
—Si llamara, no estarías aquí cuando llegara. —Sonrió apenas—. Te he visto envejecer, Reid. Lisboa te sienta bien. Casi pareces un hombre normal.
Reid cerró la puerta. No se sentó. Se quedó de pie, contra la pared, con las manos visibles y vacías, en esa posición de aparente descanso que en realidad no descansaba nada.
—¿Cómo me has encontrado? —Era lo único que de verdad quería saber. Llevaba siete meses sin ser nadie: otro nombre, otra cara cansada en otra ciudad, sin una sola grieta.
—Por favor, Reid. —Lamar no se molestó en levantar la vista de la pipa—. A los hombres que de verdad desaparecen no los busca nadie, porque han dejado de importarle a alguien. Que yo esté sentado en tu salón debería decirte algo… y no es lo bien que te escondes.
Reid no dijo nada. El viejo tenía la fea costumbre de responder a una pregunta con otra cosa, algo que pesaba más que la pregunta.
En el mundo en el que Reid se había convertido en un fantasma no existían las agencias, ni los contratos, ni los nombres verdaderos. Existía el Programa Ghost. No figuraba en ningún registro, no tenía sede, ni bandera, ni una nómina que ningún Estado fuese a reconocer jamás; pero tenía un nombre, y los poquísimos que lo conocían lo pronunciaban en voz baja: Ghost, a secas. Era la red a la que se acudía cuando todos los cauces oficiales habían fallado, o habían mentido, o estaban de parte del enemigo: un entramado de fantasmas repartidos por el mundo —operadores quemados, analistas expulsados, soldados sin ejército— a los que solo se llegaba a través de un puñado de intermediarios sin rostro. Lamar era uno de ellos. El de Reid.
Pero Reid no era un fantasma más de Ghost. Reid era el primero. Mucho antes de que la red tuviera la forma que tenía ahora, cuando no era todavía más que una idea peligrosa en la cabeza de unos pocos hubo un programa que se propuso fabricar lo que nunca nadie había sabido fabricar a propósito: un hombre sin rastro. No un agente con tapadera, no un nombre falso que se arranca como una etiqueta, sino un fantasma de verdad —sin pasado al que volver, sin país que lo reclamara, sin un alma en el mundo que notara su ausencia—. Para eso hacía falta un cero. Una página en blanco. Y a un chaval de dieciocho años recién salido de la niebla, sin familia, sin un apellido que sonara a ningún sitio, sin nadie detrás, lo encontraron perfecto. Lo llamaron Ghost Zero. El sujeto cero. El primero. El experimento que, contra todo pronóstico, salió bien.
Y el hombre que lo metió allí —el que firmó por aquel chaval cuando no había nadie en el mundo que firmara por él, el que lo convirtió en lo que era— estaba ahora sentado en su butaca buena, fumando una pipa apagada. Reid llevaba media vida sin saber si darle las gracias o partirle la cara; casi siempre las dos cosas a la vez. Lamar le había dado un oficio, un propósito, lo más parecido a un padre que había tenido nunca. Y, a cambio, le había quitado lo único que a un huérfano sin nombre todavía le quedaba: la posibilidad, algún día, de ser alguien. De dejar huella. De que su paso por el mundo le importara a alguien. Ghost Zero no podía permitirse nada de eso. Ghost Zero, por definición, no existía. Ese era el oficio que Reid había jurado no volver a ejercer.
—No trabajo —dijo.
—Lo sé. Has rechazado a Ankara. Has rechazado a Bogotá. Tienes a media docena de ministerios muy poderosos muy decepcionados contigo. —Lamar dejó la pipa sobre la mesa con cuidado—. Por eso no he venido a ofrecerte un trabajo.
—¿Ah, no?
—He venido a ofrecerte una deuda.
Lamar no era un hombre de teatro. Era lo contrario: hablaba de la muerte con el mismo tono con que se pide un café. Por eso, cuando abrió la carpeta de cuero y la dejó sobre la mesa, y la giró despacio para que Reid la viese, no añadió una sola palabra. Dejó que la fotografía hablara.
Reid se acercó. Solo un paso. Bajó la vista.
Y durante un segundo entero —el primero en muchos años— su cara dejó de ser una máscara.
En la fotografía, tomada con teleobjetivo y grano de mala luz, había un hombre arrodillado en el suelo de cemento de algún sitio sin ventanas. Tenía las manos atadas a la espalda y la cara hinchada por los golpes. Pero Reid no necesitó la cara. Habría reconocido aquellos hombros, aquella forma terca de mantener la espalda recta incluso de rodillas, en cualquier parte del mundo.
—Eric —dijo en voz baja.
—Eric —confirmó Lamar—. Comandante. Inteligencia. Hace nueve días entró en una operación que oficialmente no existe, en Siria, en el este, en el valle del Éufrates, ya casi en la frontera con Irak. Seguía el rastro de una vieja ruta del petróleo: una de esas por las que antes salía el crudo del régimen y por las que hoy corre todo lo demás. Esa tierra ya no es de nadie y es de cualquiera: contrabandistas, restos del califato, milicias que cambian de bando cada estación, desertores, bandas que solo le rezan al dólar. Un sitio donde un hombre puede desaparecer sin que el mundo se entere, y donde desaparece gente cada día. Hace seis, lo perdieron. Esta imagen no la han mandado sus captores: la sacó un dron estadounidense que sobrevolaba la zona por otro asunto, y los americanos se la pasaron a Madrid por un canal que ninguno de los dos reconocerá jamás.
—Ya lo sé.
Reid no había estado mirando la cara de Eric, sino una esquina de la fotografía, donde una hilera de caracteres se imprimía en ese lenguaje frío de las máquinas que no saben mentir. Tocó el papel con el dedo, sobre el código.
—C2GNVTAK —dijo—. Es un hash de los suyos. Así numeran los americanos lo que ven sus drones y juran luego no haber visto. Nadie se molesta en falsificar un membrete así para engañar a un hombre como yo. La foto es auténtica. Y, de momento, tu historia también.
Lamar inclinó apenas la cabeza y se pasó la pipa apagada de un lado a otro de la boca, que en él era la manera de dar algo por bueno.
—Veo que Lisboa no te ha ablandado el ojo —dijo—. Y eso es todo lo que hay, Reid. No ha habido petición de rescate. No ha habido exigencias. No ha habido prueba de vida. Nadie ha pedido nada por él, y ese silencio es justo lo que tiene aterrada a la gente de Madrid: si quisieran dinero, ya habrían llamado. Si no llaman, es porque no lo quieren por lo que vale. Lo quieren por lo que sabe. Puede llevar muerto desde el primer día. O puede estar en una habitación sin ventanas deseando estarlo. Nadie lo sabe.
Reid no apartaba los ojos de la imagen.
Eric. El chico de la litera de arriba en la academia hacía toda una vida. Tenían la misma edad, con apenas unas semanas de diferencia, pero Eric parecía haber venido al mundo sabiendo cosas que a Reid le costaría décadas aprender: cómo reírse sin medir el gesto, cómo confiar, cómo entrar en una habitación sin contar antes las salidas. Reid había llegado allí a los dieciocho siendo lo más fácil de odiar que existe: el callado, el raro, el que venía de un internado extranjero y frío, sin familia que lo visitara, sin pasado que contar, con un apellido que sonaba a otra parte. Un blanco. Los primeros meses fueron una cacería, y él los habría aguantado en silencio hasta romperse, como aguantaba todo. Una noche, tres de su promoción lo acorralaron detrás de los barracones y empezaron a molerlo a golpes. Reid encajaba los puñetazos sin levantar las manos, decidido a resistir como resistía siempre, hasta volverse de piedra. Y entonces apareció Eric. No dijo una sola palabra. Se metió entre ellos y, en menos de un minuto, dejó a los tres en el suelo escupiendo dientes.
Acabaron los dos en el despacho del director, sentados uno al lado del otro en el banco de madera, esperando el castigo. Reid tenía un ojo cerrado por la hinchazón y el labio partido; Eric, los nudillos en carne viva y una ceja abierta. Y allí, con las caras reventadas y la sangre secándose, en lugar de mirar al suelo como dos críos a punto de que les cayera encima el cielo, se miraron el uno al otro y, sin saber muy bien por qué, se echaron a reír. Una risa tonta, incontenible, de esas que duelen en las costillas magulladas y no hay manera de parar. El director gritando, y ellos dos riendo como idiotas con la cara hecha un cristo.
Aquel fue el momento exacto en que se hicieron amigos. Eric no le pidió nada a cambio, ni entonces ni nunca. Fue la primera persona, en toda su vida recordada, que lo trató como a un ser humano. Y, años después, el que una noche de maniobras lo sacó a rastras de un barranco con el tobillo roto y la radio muerta, cargándolo nueve kilómetros bajo la lluvia sin soltar una queja. Tú habrías hecho lo mismo, le había dicho después, restándole importancia. Y era verdad. Lo habría hecho.
No habían tomado caminos opuestos; al principio, ni siquiera distintos. Los dos salieron de la academia a operaciones especiales, los dos fueron soldados de verdad, de los que un país manda donde no manda a nadie más y luego jura que no existen. Durante años corrieron en paralelo, Eric siempre medio paso por delante, como en la academia. Pero a Reid la estructura le quedaba estrecha: las reglas, la cadena de mando, las órdenes que a veces olían mal y había que cumplir igual. Todo aquello que a Eric le daba forma a él lo asfixiaba. Hubo cosas que no le gustaron. Y hubo problemas de otra clase, de los que no se cuentan, que terminaron de empujarlo fuera. Se salió de lo oficial, pero nunca dejó de ser lo que era: por eso, ya por su cuenta, solo aceptaba encargos de Estados. Nunca de cárteles, nunca de hombres ricos con rencores privados. Un soldado sin ejército sigue siendo un soldado. Eric, en cambio, se quedó dentro, encajó donde Reid no cabía, y subió peldaño a peldaño hasta convertirse en el mejor operador que tenía el país. Solo en los últimos cinco años se habían separado de verdad: Eric cada vez más arriba, más oficial, más visible; Reid cada vez más lejos, más solo, perdiéndose en sitios sin nombre hasta volverse un fantasma. Llevaban años sin hablarse. Pero había hombres a los que uno le debía la vida, y esa clase de deuda no caducaba.
—¿Por qué yo? —preguntó Reid, aunque ya sabía la respuesta.
—Porque su propia gente no puede ir a buscarlo. —Lamar lo dijo sin amargura, como una ley de la física—. Si Madrid manda un equipo y algo sale mal, hay un escándalo, hay un parlamento haciendo preguntas, hay fotos de ataúdes con bandera. Eric entró por una puerta que el Estado jura que no existe. Y a un hombre que no existe solo puede ir a buscarlo otro hombre que tampoco existe. —Lo miró—. El Estado en el que tu amigo creyó lo ha dado por perdido, Reid. Lo han borrado de los registros esta misma semana. Tú eres lo único que le queda.
El silencio se instaló en el piso. Abajo, un tranvía pasó chirriando.
—Has dicho una deuda, no un trabajo —dijo Reid al fin—. ¿Quién paga?
—Nadie. —Lamar recogió su pipa—. No hay cliente. No hay gobierno. No hay honorarios. Y eso, los dos lo sabemos, rompe tu única regla: nunca has movido un dedo si no había un Estado detrás. Esta vez no lo hay. Solo hay alguien en Madrid que prefiere que esto no salga nunca a la luz, y que a cambio del rastro de Eric pide exactamente eso: que no salga a la luz. Si vas, vas gratis. Vas solo. Y vas fuera de toda regla, también de las tuyas. —Hizo una pausa—. Por eso casi no vengo. Sé que querías quedarte aquí, ser el señor Costa, ver pasar los tranvías. Te he visto quererlo. Por eso esto no es justo, y lo sé.
Lo dijo con un peso que no encajaba en un simple intermediario: el peso de un hombre que salda en silencio una deuda que nunca ha confesado a nadie. Reid lo atribuyó al cansancio de un viejo. Se equivocaba.
Reid miró por la ventana. El río. La luz que empezaba a dorarse sobre el agua. Siete meses de algo parecido a la paz.
Pensó en el barranco, en la lluvia, en nueve kilómetros a hombros de un hombre que no se quejó ni una vez.
—¿Por dónde empiezo? —preguntó.
Lamar abrió la carpeta por una segunda página. No era un mapa con una cruz. Era una secuencia de fotogramas de dron: un convoy de tres vehículos avanzando por una pista de tierra, hora tras hora, hasta que la cámara los perdía. La última imagen mostraba los coches detenidos junto a un edificio bajo, en mitad de ninguna parte.
—Esto no es donde lo tienen —dijo Lamar—. Es lo último que vio el dron antes de que el convoy entrara bajo techo y se esfumara. Siria, Reid. El este. El desierto, o lo que queda de él. Tierra de nadie desde que cayó el régimen: donde antes había un Estado, por podrido que fuera, ahora solo hay facciones, milicias, restos del Califato y gente que cobra por mirar hacia otro lado. Por eso Madrid no puede ni asomarse: si se supiera que tenemos a un hombre operando dentro de ese avispero, no habría un escándalo, habría tres. —Tocó la última imagen con un dedo—. Esto es una posta. Un punto de paso en la cadena por la que se lo llevaron. No el final del hilo: el principio. A partir de aquí, nadie sabe nada. Tendrás que reconstruir tú la ruta, posta a posta, siguiendo el mismo rastro que siguieron ellos.
Reid se inclinó sobre los fotogramas. Y al mirar el paisaje de aquella última imagen —las colinas peladas color hueso, la luz blanca y dura del desierto, la forma en que la arena se tragaba las sombras—, algo se removió en el fondo de él. Un frío fino le subió por la espalda, el mismo que sentía a veces al despertar del sueño, justo antes de que la palabra se le escapara. No supo por qué. No conocía aquel sitio. Estaba seguro de no haber estado nunca allí.
Pero una parte de él, una parte enterrada bajo tres décadas de niebla no estaba tan segura.
—Hay algo más —dijo Lamar, observándolo con esos ojos azul pálido que no se sorprendían de nada—. Algo que no le cuadra a nadie. El sitio donde lo cogieron no tiene nada que ver con su misión. Eric se había desviado de su operación: estaba siguiendo algo por su cuenta, algo que no comunicó a sus jefes ni puso por escrito. Nadie sabe qué perseguía cuando cayó. Y eso, en un hombre tan disciplinado como tu amigo, no se lo traga nadie. Eric no se salía del guion. Si lo hizo, fue porque había encontrado un hilo que le quemaba en las manos y que no se atrevió a contarle a nadie.
Reid levantó la vista de los fotogramas.
—¿Me estás diciendo que hay algo más detrás de todo esto?
—Te estoy diciendo —respondió Lamar— que tu amigo no cayó por mala suerte. Cayó por lo que encontró. No sé qué es; sé que fue lo bastante grande como para que un hombre tan reglado como Eric tirase solo del hilo, a escondidas de todos, hasta que el hilo se lo tragó. Y sé que, si vas a sacarlo, antes o después vas a tropezar con lo mismo. Prefiero que lo sepas antes de meter la mano, y no después.
Reid se quedó mirando los fotogramas. La pista de tierra. El edificio bajo. El convoy que se había tragado a Eric.
—Eric era mejor que yo —dijo al fin, en voz baja. No era humildad: era un dato, frío como todos los suyos—. Salió primero de la promoción. Yo, segundo. Siempre segundo. Era el mejor que teníamos, sigue en activo, y aun así lo han cogido. Si han podido con él, dime qué te hace pensar que yo voy a entrar ahí y salir con él a cuestas.
Lamar lo miró un largo rato antes de contestar.
—No te voy a mentir; nunca lo he hecho, y no voy a empezar ahora. Así que te lo digo claro. —Lamar entrelazó los dedos—. Sobre el papel, no eres el hombre para esto. Nunca lo fuiste. El primero siempre fue Eric; a ti te guardaban para cuando Eric no pudiera ir. El segundo de la lista. El de reserva. Y, por si fuera poco, llevas casi un año escondido en Lisboa porque tu último trabajo salió mal: murió alguien que no tenía que morir, y desde entonces no coges el teléfono. Lo sé. También lo saben en Madrid. En ese despacho, créeme, nadie pronunció tu nombre con ilusión. Pero el primero de la lista está de rodillas en una habitación sin ventanas, o muerto en una cuneta. Y eso, Reid, te deja a ti. Por primera vez en tu vida eres el primero… aunque sea porque ya no queda nadie por delante. He ido a verlos y les he dicho que eres la única oportunidad que les queda. Han dado a Eric por perdido: para ese despacho ya no es un hombre, es un cadáver con papeleo pendiente. El único que no se ha rendido soy yo, y solo porque sé que existe alguien lo bastante terco y lo bastante en deuda como para ir a buscarlo gratis.
—Eso no responde a lo que te he preguntado —dijo Reid—. Eric era mejor.
—Eric es el mejor del mundo en un sitio con reglas. —Lamar encendió por fin la pipa, despacio—. Dale una academia, un manual, una cadena de mando, una operación con su plan y sus casillas que ir marcando, y no hay nadie por delante de Eric. Por eso salió primero de la promoción. Por eso lo mandan cuando algo tiene que hacerse bien y limpio. Pero ahí donde está ahora, Reid… ahí no hay reglas. No hay manual. No hay nadie tomando nota ni poniendo nota. No existe un primero ni un segundo. Solo hay un hombre solo en la oscuridad que tiene que decidir, en medio segundo y sin que nadie le diga si acierta, hacia qué lado tirar. Y en ese sitio, en ese exacto sitio sin reglas ni marcador, el primero no es Eric. Eres tú. Siempre fuiste tú. —El humo subió en el aire quieto del salón—. En la academia te ganaba porque la academia tenía reglas, y él jugaba con las reglas mejor que nadie. Fuera de ella el orden se da la vuelta. Eric sigue las reglas como ningún otro. Tú es que no las necesitas. Y ahí abajo, esta vez, no queda ninguna.
Fuera, la luz se apagaba sobre el Tajo, y con ella se apagaban siete meses de algo parecido a la paz.
Reid pensó en el comedor de la academia. En el chico que se sentó a su lado, sin que nadie se lo pidiera, como si fueran amigos de toda la vida, cuando él no tenía a nadie en el mundo.
Cerró la carpeta.
—Cuéntamelo todo —dijo—. Desde el principio.
Hablaron hasta bien entrada la noche. Lamar le contó lo que sabía —que no era mucho más de lo que ya había puesto sobre la mesa— y lo que sospechaba, que era bastante más y bastante peor. Después, pasada la medianoche, se marchó. No hubo despedida: dejó la carpeta de cuero sobre la mesa y, encima, escrita a mano en una cuartilla, una sola línea de ocho caracteres. «Lo demás está ahí dentro —dijo desde la puerta, abrochándose el abrigo—. Cuando estés listo. No antes. Pero no tardes en estarlo: calcula setenta y dos horas para tocar el primer eslabón; ni una más. Después, esa puerta se cierra: el rastro se enfría, la cadena se recompone sola, y lo que saques al otro extremo, si aún puedes sacar algo, será un cadáver y no un amigo.» Y se fue sin ruido, igual que había venido.
Reid se quedó solo con el zumbido de la nevera y la última luz del río colándose entre las lamas de la persiana. Durante un rato largo no se movió. Cuando por fin lo hizo, ya no fue el señor Costa.
Fue al dormitorio. Apartó la cómoda de la pared, hundió la uña en una junta del rodapié que solo él sabía encontrar y tiró. Una sección del zócalo cedió con un chasquido seco y, detrás, apareció el doble fondo: un hueco estrecho excavado en el muro que llevaba siete meses esperando a volver a hacer falta. Dentro había dos cosas. Una pistola, engrasada, con dos cargadores al lado. Y un ordenador: un portátil pequeño y feo, de carcasa reforzada y esquinas de goma, de los fabricados para sobrevivir a una caída, al polvo, al agua, al desierto. Una máquina pensada no para durar, sino para no morir.
Lo sacó. Sopló el polvo de la tapa, se sentó en el suelo con la espalda contra la cama y lo encendió. La pantalla parpadeó en negro y verde, sin logotipo, sin nombre, sin un sistema que ningún técnico del mundo fuese a reconocer. Solo una línea palpitando en la oscuridad, a la espera de una orden. Una terminal.
Reid cogió la cuartilla de Lamar y tecleó, despacio, los ocho caracteres: C2GNVTAK. Pulsó la tecla.
La máquina pensó un segundo. Después la pantalla se llenó.
Lo primero fue la fotografía. La misma que le había enseñado Lamar, pero entera: Eric de rodillas sobre el cemento, las manos atadas a la espalda, la cara reventada. En una esquina seguía el mismo hash que le había recitado al viejo unas horas antes, el membrete frío de un dron americano que lo había visto todo y juraría después no haber visto nada. La historia de Lamar, hasta la última coma, era verdad: un ojo estadounidense había visto caer a Eric, y alguien, en algún despacho de Madrid, había decidido que esa imagen llegara hasta aquella habitación.
Pasó de la foto. Debajo, el archivo seguía: rutas, nombres tachados, un mapa del este de Siria con el último punto del convoy marcado en rojo. Pero el hilo no empezaba allí. Para llegar a aquel agujero del desierto había una sola puerta —la misma por la que entraba en aquella guerra sin nombre todo lo que entraba: armas, hombres, dinero, mentiras—, y esa puerta no estaba en Siria.
El primer eslabón de la cadena no era un nombre ni una dirección: era una referencia muerta —3R63RLUQ—, ocho caracteres que solo el dosier sabía traducir. Lamar le había dicho que no los tecleara hasta estar listo; hacerlo, ahora, era su forma de contestarle que ya lo estaba. La pantalla los convirtió en un punto sobre el plano de una ciudad a caballo entre dos mundos, el último sitio con reglas antes de la tierra sin ninguna. Algo viejo y dormido se desperezó en su pecho.
Estambul.
Cerró la tapa. Ya sabía dónde iba. Y sabía también lo otro, lo que pesaba más que el destino: el reloj. Setenta y dos horas, había dicho el viejo. Pero no setenta y dos para llegar; bastantes menos. Un fantasma no coge un avión a su nombre ni cruza una aduana que lo registre: tendría que entrar en Estambul por las costuras, sin dejar rastro en un solo sistema del mundo, y eso —lo sabía por oficio— se comía las horas como el desierto se come el agua. El reloj acababa de echar a andar, y andaba en su contra.
// Fin del adelanto
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